Vivimos rodeados de ventanas por las cuales miramos sin observar, en casa, en los escaparates… Mirando la "misma" estampa una y otra vez sin llegar a ver lo que hay detrás.
Sin embargo, cuando nos transportamos, sea en el medio que sea, las ventanas se convierten en nuestra conexión con el exterior.
Si a la longitud del viaje, le añadimos la altura (avión), todo se vuelve más pequeño, también nuestros problemas. Y es que desde las nubes, la perspectiva cambia y el "modo avión" deja de estar en el móvil para estar dentro de nosotros mismos.
Viajar es abrir la ventana al mundo, es explorar y limpiar nuestros cristales conociendo otras realidades.
Si bien es cierto, que cuanto más viajamos (ya sea a través de lugares o personas), más somos conscientes de que por muchos kilómetros que nos separen y mucho difieran nuestras historias, no es tan diferente aquello que buscamos:
Un lugar en el que sentirnos "a salvo",
un "colchón" en el que dormir,
comida para alimentarnos,
y personas con quienes compartirlo.
Llegamos a los viajes con la mochila llena de ropa que no llegamos a usar y preocupaciones, y volvemos más livianos y llenos de memorias/ "souvenirs" como representación de aquellos que han viajado "con" nosotros y a quienes volvemos a ver con las lentes más limpias y al alma más llena.
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Abrir la ventana para observar.
Valorar para agradecer.
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